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31 Jul 2017

Gente de Aquí: ‘Cuentos de los que no bailan’

Cuando Eugenia recibió la llamada de Margarita, estaba en la cocina fritando alguna cosa. Salió corriendo porque, según las señoras del caribe, una llamada siempre puede ser una mala noticia. La vibración de los celulares se escucha. Ya no es necesario añadir una canción estridente para que las llamadas no se pierdan, basta con dejar el celular reposando en una mesa o en una silla.

–Hoy cumplo años, Eu. Acuérdate que mi tío me prestó el pico’-, dijo Margarita usando el tono de las personas que tienen la vida entera organizada en una agenda. –Te llevo doce frías de ventaja- agregó-. Eran las dos de la tarde del 30 de abril y el sol inundaba las terrazas de las casas. No he revisado el calendario, pero seguro que era domingo, porque ese es el día de parranda en los barrios de Cartagena.

Cuando Eugenia echa el cuento, no puede negar que vaciló por unos minutos antes de decir que se bañaría inmediatamente porque el número de cervezas tomadas debía ser equilibrado. Vaciló, y dice ella que quizá había dudado porque tenía que trabajar al día siguiente, porque no había terminado el aseo de la casa, porque después no soportaría el guayabo, o por cualquiera de las excusas pendejas que se da la gente a sí misma para no hacer las cosas que le hacen feliz. No se acuerda muy bien del pensamiento que la hizo responder como respondió, pero dice que aún tiene en el cuerpo una sensación de alivio: -Yo dije ‘qué carajo, el día de morirse es uno solo’.

Eugenia subió a casa de Margarita a las tres y media, con un vestido azul turquí, pegado al cuerpo y unas sandalias blancas. Se veía bien según se acuerda. La fiesta era en casa del tío de Margarita, el dueño del pico’: un equipo de sonido grande fabricado artesanalmente y bautizado de acuerdo con la personalidad del dueño. ‘El caballero de la salsa’ se llamaba. El señor Felicio le había dado ese nombre en honor a la elegancia física del aparato, la sobriedad de sus colores y sus años de coleccionista.  Debe tener algo que ver también con Gilberto Santa Rosa y su apodo, pero eso es lo de menos.

La vibración del pico’ se escucha. Ya no es necesario estar dentro de la casa para que el sonido no se pierda, basta con estar algunos metros a la redonda. Por eso, todos los invitados estaban sentados afuera, en la calle, alrededor de la casa, como rindiéndole honor a la música. En Cartagena, el sonido del pico’ se comparte con los vecinos, se alardea con los vecinos, se baila con los vecinos.

El caballero de la salsa

A las 5:30 de la tarde, Eugenia se sentó en el muro de la terraza, momentos después empezó a bailar, daba vueltas y abría los brazos sólo de vez en cuando. Según Eugenia el verdadero baile está en los pies. No paró de hacerlo hasta que sucedió lo imposible. De acuerdo con los detalles en los testimonios de los vecinos, a las 5:56 estaba sonando ‘…y ese toro enamorado de la luna, que abandona por las noches la maná está pintado de amapola y aceituna y le puso campanero el mayoral, los romeros de los montes le besan la frente, las estrellas de los cielos, le bañan de plata…’ Eugenia bailó la canción sola, despreciando a todo aquel que pretendía servirle de parejo, hasta que todos los demás notaron que Eugenia no estaba tocando el suelo. Por alguna razón Eugenia bailaba con los pies unos cinco centímetros por encima del piso. Bailó y bailó por media hora completa así, en el aire y a las seis en punto empezó a levantar el polvo de la calle. Había dejado de levitar. Bailó ‘Noche de arreboles’ del Joe Arroyo, ‘Salsa caliente del Japón’ de la Orquesta de la Luz, ‘Idilio’ de Willie Colón y ‘Llorarás’ de Oscar de León.

Hoy, cuando llegué a Lo amador a preguntar por lo sucedido la gente recuerda la sonrisa de Eugenia mientras estaba en el aire. Y cuando le pregunté a ella si en algún momento se dio cuenta que estuvo en el aire por media hora respondió con una carcajada: ¡la gente no vuela, mija! Esos son cuentos de los que no bailan.

¿Conoces a alguien que vuele cuando baila? ¿tú vuelas cuando bailas?

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